Archivo para Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid

The Black Keys: Rock salvaje a la mínima expresión

Posted in Conciertos, Efe Eme, The Black Keys with tags , , , on 29/11/2012 by Héctor Sánchez

Uno de los grupos más esperados en nuestro país por fin saldó su deuda anoche en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. En su único concierto en España, The Black Keys presentaron su último trabajo, El camino (2011). El dúo demostró que les basta una guitarra y una batería para sacar nuestros instintos primarios con un sonido crudo que sabe al rock, al blues y al garaje de unas décadas atrás.

Dan Auerbach, la mitad de The Black Keys

Antes de que se enciendan los focos y de que se conecten los altavoces, se aprecia algo distinto en el escenario del Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. A diferencia de cualquier otro concierto de rock, donde la batería se pierde al horizonte, en esta ocasión, este instrumento relegado a salir de fondo en las fotografías luce en primer plano como un rey en su trono. Esta es la firma de The Black Keys, el grupo del momento. Un dúo que no necesita más que una batería y una guitarra para demostrar que su música es una digna heredera del sonido de Cream, Jimi Hendrix o Led Zeppelin y un formato que recuerda a The White Stripes. Con semejantes referentes, uno ya sabe lo que se va a encontrar en directo no puede decepcionar.

The Black Keys han crecido como la espuma. En sólo diez años de existencia, al vocalista y guitarrista Dan Auerbach y al batería Patrick Carney les ha dado tiempo a lanzar siete álbumes, e incluso a embarcarse en proyectos por separado. Un ritmo de publicación que ya les gustaría a muchos, con una calidad que también les gustaría a muchos. El dúo ha pasado de actuar en pequeños locales a agotar las entradas de grandes recintos, como sucedió con el concierto del Palacio de los Deportes, su única actuación en España y un broche perfecto para la celebración del 30º aniversario de Doctor Music. Auerbach, ataviado con una camisa de flecos, y Carney, con sus inseparables gafas, subieron al escenario para presentar su último trabajo, el excelente álbum El camino (2011), sin olvidar el disco que más proyección les dio, el premiado Brothers (2010). Estos dos álbumes llevaron el peso principal, y a partes iguales, en el desarrollo de espectáculo con una puesta en escena tan austera como eficaz. Aunque los focos apuntaban a los músicos, la pareja no estaba sola en el escenario. Un bajista, Gus Seyffert, y un teclista, John Wood, les acompañaban escondidos en la sombra.

«Howlin’ for you», y «Next girl», sirvieron para abrir boca ante la primera canción de la noche extraída del último disco, «Run right back», que el público recibió con palmas. Aunque se echó en falta la flauta a lo Jethro Tull en la blusera «Same old thing», la pareja no podía dejar de lado este tema de su quinto disco, Attack & Release (2008). Con «Dead and gone», The Black Keys ya se habían metido en el bolsillo a una audiencia que coreaba la letra y con «Gold on the ceiling» la pista del Palacio de los Deportes parecía una alfombra de brazos en alto apuntando a los músicos.

A continuación, el bajista y el teclista abandonaron sus puestos para dejar intimidad a Auerbach y Carney. Ahora sí, sólo había dos músicos en el escenario frente al lleno total del recinto. En soledad, la pareja recuperó tres canciones de sus primeros trabajos: «Thickfreakness», del disco homónimo de 2003, «Girl is on my mind», de Rubber Factory (2004) y la muy aclamada «Your touch», de Magic Potion (2006). Durante estos tres temas, The Black Keys ofrecieron un espectáculo de rock crudo con sus dos únicos instrumentos, como si recordaran cómo comenzaron su carrera encerrados en un garaje en soledad. Un ejemplo de rock a la mínima expresión. En poco más de media hora casi habían tocado la mitad de su repertorio.

Las luces se apagaron y un foco apuntó directamente a Dan Auerbach armado con su guitarra acústica. Comenzó «Little black submarines», un tema cuya comparación con «Stairway to heaven» es inevitable. Se abrió otra luz. Detrás de Patrick Carney vuelven a estar el bajista y el teclista. El público se encontraba extasiado. En el momento en el que la canción estaba a punto de subir, el escenario quedó a oscuras y en silencio. ¿Qué iba a suceder? ¿No iban a terminar este tema? No podían dejar la canción a medias. Los músicos retomaron la canción de forma explosiva, convirtiéndolo en el momento más intenso de la noche. Al acabar, el público lo celebró con el odioso «oe, oe» como si ya hubiera terminado el concierto.

Pero esto aún no ha terminado. «Money maker», «Strange times» y sobre todo, «Nova baby», animaron la noche mientras «Sinister kid», fue el momento más flojo. «Ten cent pistol» fue la única oportunidad que tuvieron el bajista y el teclista de llamar la atención. Después de hacer un número parecido al de «Little black submarines», con la oscuridad y silencio llegó  «She’s long gone», que precedió a dos de los temas más esperados con los que cerraron su actuación. El público no pudo evitar silbar con «Tighten up» y, por supuesto, no pudo parar de bailar con la siguiente: «¿Podéis ayudarnos con ésta?», preguntó el cantante y guitarrista. Entonces el público enloqueció con la pegadiza, «Lonely boy», la canción que se ha convertido en el clásico inmediato del grupo. Sin duda, éste fue otro de los grandes momentos de la noche.

Después de hacerse un poco de rogar, los músicos regresaron al escenario para tocar un par de temas más. Dos bolas de espejos gigantes iluminaron el recinto y lo convirtieron en una noche estrellada de luces blancas, amarillas y azules mientras Auerbach hacía un falsete con «Everlasting light», una canción con reminiscencias de T. Rex. El punto y final lo puso «I got mine». El vocalista se despidió diciendo a los asistentes que regresaran a casa con cuidado para volver a verles la próxima vez. Durante toda la noche, Dan Auerbach no paró de agradecer los aplausos del público.

The Black Keys resultan una pareja peculiar pero juntos forman una combinación perfecta. La unión de la voz de Dan Auerbach, el sonido distorsionado de la guitarra y la fuerza de la batería de Patrick Carney, que tiene pinta de empollón pero que toca con la euforia de un hombre de las cavernas que acaba de descubrir la percusión, crean un rock crudo, con un sonido sucio, troglodita, un rock que hace sudar. La actuación sólo duró una hora y media. ¡Pero qué hora y media! El concierto de The Black Keys ha sido como un buen café, corto pero intenso. De los que dejan buen sabor de boca. De los que dejan ganas de más.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

Texto publicado en Efe Eme.

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Leonard Cohen: Placeres divinos

Posted in Conciertos, Efe Eme, Leonard Cohen with tags , , , on 27/11/2012 by Héctor Sánchez

Llevo bastante tiempo sin actualizar. Voy a aprovechar para recordar el último concierto de Leonard Cohen que ofreció en Madrid el mes pasado.

El pasado 5 de octubre, el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid se puso en pie para recibir al Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2011. Leonard Cohen presentó su último trabajo Old ideas(2012), su primer álbum de estudio después de ocho años, y  durante casi cuatro horas dio una lección de elegancia. Nadie puede hacerlo mejor.

Leonard Cohen se arrodilla ante Javier Mas

Aleluya. Un acto mezquino puede crear algo bello. En el año 2005, la situación económica de Leonard Cohen pendía de un hilo: Kelley Lynch, su representante, y con quien había tenido una relación, le había estafado y robado sus ahorros mientras el cantante se encontraba de retiro espiritual. Para poder sanear sus cuentas, el cantautor canadiense volvió a salir de gira en 2009 y lanzó dos discos en directo, Live in London (2009) y Songs from the road. Estos dos trabajos no incluyeron ninguna canción nueva. La espera para poder escuchar un álbum nuevo de estudio concluyó a principios de 2012 con Old ideas. El hecho de que su nuevo disco tenga ese título parece ser un guiño que Cohen se ha lanzado mirándose al espejo. Las máximas de las composiciones del canadiense son atemporales y, como buen judío mediático, no puede dejar de lado temas como las relaciones, el sexo, la religión y la fe.

El pasado 5 de octubre, el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid extendió una enorme alfombra sobre su escenario para que Leonard Cohen presentara sus nuevas viejas ideas. El cantante se hizo de rogar después de veinte minutos de retraso. Cohen apareció en el escenario corriendo. Sobre la alfombra, le acompañaron un grupo de brillantes músicos de lo más cosmopolita: países como Estados Unidos, México, Moldavia y España, de la mano de Javier Mas, estaban representados sobre el escenario. «Dance to me to the end of love» abre el espectáculo y el maestro comienza arrodillado. No será la última vez que lo haga: a sus 78 años, el cantautor pasó gran parte de su actuación arrodillándose, como si estuviera rezando para que pudiéramos escuchar sus plegarias.

Después de la primera canción, Leonard Cohen hace una declaración de intenciones: «No sé cuándo nos volveremos a ver, pero seguro que esta noche les daremos todo lo que tenemos». Le sigue «The future», cuyo mensaje sigue siendo tan actual como el primer día. Con «Bird on the wire» recibió la primera de las muchas ovaciones de la noche y con «Everybody knows» el público le acompañó con las palmas.

Una de las primeras sorpresas de la noche no vino de la mano el canadiense, sino de los portentosos dedos del virtuoso Javier Mas, que tocó un solo de los que erizan el vello de la nuca para introducir «Who by fire». No todos los aplausos fueron para Leonard Cohen. En determinados momentos de la noche, Cohen es capaz de ocultarse de los focos y dejar que brillen con luz propia los músicos que le acompañan. ¿Y qué decir de sus coristas? El trío formado por las dos hermanas Webb, quienes demostraron sus dotes acrobáticas, y Sharon Robinson crea un contraste delicioso frente a la voz grave y profunda del maestro; «Come healing», fue un ejemplo de ello. Pero músico también dejó volar solas a sus mujeres. «The gypsy’s wife» corrió a cargo de Charlie y Hattie Webb mientras él, como si se tratara de un padre orgulloso viendo la actuación de sus hijos, movía los labios recordando las letras mientras las observaba desde la sombra. Las hermanas volverían a demostrar su talento en solitario tocando la guitarra y el arpa en «Coming back to you» después de que Cohen recitara al principio del tema. Vuelve a recitar con «Alexandra leaving» pero esta vez es Sharon Robinson, su habitual compañera musical, la que lleva la voz cantante.

Pero no nos vayamos del tema. Como no podía ser de otra manera, el protagonismo recayó en el genio de Leonard Cohen y su voz vibrante. Una voz que sale de lo más profundo de su ser. Más que cantar, lo que el poeta hace es hablar al micrófono como si te susurrara al oído. Te seduce. Cuando Cohen interpreta «Suzanne» o «So long, Marianne» lo hace como si sus respectivas musas, Suzanne Verdal o Marianne Jensen, estuvieran frente a él en ese momento. Es hipnótico. Pero su voz cavernosa no es el único instrumento que el músico utiliza en el espectáculo. Leonard Cohen echa mano de la guitarra en varias ocasiones, el teclado para «Tower of song» e incluso el arpa de boca para «Democracy» mientras simula desfilar.

De su nuevo trabajo, el canadiense extrajo cuatro canciones: la blusera «Darkness», «Amen», «Going home» y, la citada anteriormente, «Come healing». Pero los mayores aplausos vinieron con temas clásicos como «Sisters of mercy», «Hey, that’s no way to say goodbye» y su versión de «The partisan». Leonard Cohen se guardó tres platos fuertes con los que finalizar su número antes de los bises: primero tocó «I’m your man», después, con su majestuoso himno «Hallelujah», todo el público ya estaba en pie y con su peculiar homenaje a Lorca, «Take this waltz» resultaba imposible no sentir cosquillas en el estómago. Cuando Cohen volvió para los bises, el público que se encontraba en la pista del Palacio había abandonado sus asientos para estar más cerca del músico. La parte más movida de la noche llegó con «First we take Manhattan»; no se nos podía olvidar que era un concierto y también había que moverse. La noche se cerró con «Famous blue raincoat», «Closing time», «I tried to leave you», que fue el colofón ya que cada músico hizo un solo con su instrumento, y su versión del tema de los Drifters, «Save the last dance for me». Después de un concierto estructurado en dos bloques con un intermedio de veinte minutos, porque los genios también merecen descansar, después de tres grupos de bises, después de casi cuatro horas, Leonard Cohen y los suyos han cumplido su palabra: han dado todo lo que tenían.

Cohen se ha arrodillado, ha presentado a sus músicos tres veces, ha hecho reverencias al público, se ha quitado su sombrero y lo ha puesto sobre su corazón como señal de respeto, ha saltado como un duendecillo entre las diferentes partes de la actuación y ha recogido las cartas y los ramos de flores que sus fieles le han dejado sobre el escenario. Cohen hace que la música sea trascendental. Su concierto no sólo es un placer divino para los oídos, sino que es un concierto que se siente con las entrañas. Transmite paz y serenidad. Hace que uno se sienta bien consigo mismo. Existen muchas razones para no creer en Dios, pero una actuación como la de anoche, hace que uno se lo replantee. De aquel acto mezquino, se creó algo bello. Amén.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock.

Texto publicado en Efe Eme.

El ritmo, la furia y la energía de los Arctic Monkeys

Posted in Arctic Monkeys, Conciertos, Efe Eme with tags , , , on 28/01/2012 by Héctor Sánchez

Hace seis años que los Arctic Monkeys nos sorprendieron por primera vez. Aunque su último disco Suck It and See (2011), suponga un punto de madurez en su trayectoria, los Arctic Monkeys demostraron ayer en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid que siguen cargados de la energía adolescente que les dio a conocer. Además, contaron con un telonero especial: Miles Kane. Las expectativas de escuchar temas de The Last Shadow Puppets fueron altas. ¿Las cumplieron?

Los británicos no dieron un minuto de tregua. Foto: ESTEFANÍA RUEDA

Es triste pero cierto. Muchas veces, el telonero no despierta el interés suficiente antes del concierto por el que el público ha pagado su entrada. Sin embargo, ayer no fue así. Los Arctic Monkeys contaban con un telonero especial y al que más que “artista invitado”, se le puede llamar “amigo”: Miles Kane. El hecho de que los Arctic Monkeys contaran con Kane para abrir boca hizo que una pregunta revoloteara en el ambiente durante el concierto: ¿tocará después con los Arctic? Esta pregunta planteaba otro interrogante: ¿tocarán canciones de The Last Shadows Puppets? Tuvimos que esperar para conocer las respuestas.

Con la habitual puntualidad británica que caracteriza a los ingleses, Miles Kane salió al escenario para preparar el terreno a lo que vendría después. Ataviado con una elegante camisa de leopardo, Kane tocó, casi al completo, su álbum debut Colour of the Trap (2011) con canciones como «Rearrange», «Quicksand» o «Come Closer». Además, realizó una versión inglesa del tema francés «Le Responsable» de Jacques Dutronc y presentó una canción nueva titulada «The First Of My Kind». El músico estuvo totalmente entregado y alternaba efusivamente el nombre de Madrid con la que parece ser su palabra favorita, o al menos la que más repetía: “fuck” “fucking” y todas sus variantes.

Miles Kane preparó un entrante delicioso antes de que los Arctic Monkeys sirvieran el plato fuerte. Kane abandonó el escenario mientras todos pensábamos «luego volverá». Media hora después, los Arctic Monkeys ya estaban calentando motores con «Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved You Chair», el primer single de su cuarto álbum, el magnífico Suck It and See (2011), que ya habían presentado en España en la pasada edición del Festival Internacional de Benicassin. Los Arctic supieron equilibrar un repertorio dominado por temas de su último trabajo como «The Hellcat Spangled Shalalala», «Black Treacle» o «Library Pictures» con los clásicos de sus primeros dos primeros discos como «Teddy Picker». Su nuevo disco es excepcional, de eso no hay duda, pero la pista y las gradas rebosantes del Palacio de los Deportes enloquecimos cuando la banda tocó seguidas «Brianstorm», «The View From the Afternoon», con dedicación incluida, «está es para vosotros», dijo Alex Turner, y «I Bet You Look Good On The Dancefloor».

Todo el protagonismo de la noche se lo llevó Turner, que aunque no habló mucho se mostró muy agradecido y calificó al público como «maravilloso». El vocalista cada vez luce un “look” más rockero, vestido con una chupa de cuero y peinado con un tupé; atrás quedaron el flequillo y el peinado tipo Beatle. Alex Turner cedió la voz principal al batería Matt Helders, quien cantó la potente «Brick by Brick» al ritmo que machacaba su batería decorada de banderas británicas. Después, besó el bombo para demostrar que no es tan duro.

El público estaba entusiasmado pero al mismo tiempo estaba pendiente de la posible aparición de Miles Kane. Mientras, los Arctic tocaron la cara B, «Evil Twin», y siguieron con otras canciones como «This House Is A Circus», «Still Take You Home» y «Pretty Visitors», el único tema, junto con «Crying Lightning» que sonó de su tercer trabajo Humbug (2009). Uno de los momentos más emocionantes de la noche fue «She’s Thunderstorms», la canción con la que abren su último disco y que tiene todas las papeletas para convertirse en un clásico de la banda. «Do Me a Favour» precedió a «When The Sun Goes Down», de su primer álbum, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (2006); una canción perfecta para cerrar ya que alterna a la faceta tranquila del grupo con el sonido duro al que nos tienen acostumbrados.

Los Arctic Monkeys abandonaron el escenario pero no se hicieron esperar para los bises. Los ingleses se marcharon y en menos de lo que dura un pestañeo ya habían vuelto al escenario. Apenas se hicieron de rogar, subieron con la misma velocidad con la que tocan sus estruendosas guitarras. «Suck It and See», el brillante tema pop que da título al álbum, precedió a la mejor canción de Favourite Worst Nightmare (2007), su segundo trabajo: «Fluorescent Adolescent». A continuación, Alex Turner presentó a su amigo Miles Kane y éste subió al escenario. ¡Por fin! Ahora todos estábamos esperando ansiosos que tocaran algún tema de The Last Shadow Puppets. ¿Tocarán «The Age of the Understatement»? ¿Será «Standing Next to Me»? ¡No! En lugar de eso, los músicos se despidieron con «505» y se fueron.

¿«505» con Miles Kane? Resultó decepcionante poder disfrutar de Turner y Kane en el mismo escenario y que no tocaran ninguna canción de su magnífico proyecto conjunto. Todas las expectativas de escuchar las geniales composiciones de The Last Shadow Puppets se desvanecieron. Aún queda la esperanza del ansiado segundo disco.

Dejando de lado el tándem Turner-Kane, los Arctic Monkeys ofrecieron un espectáculo sobrio en cuanto a la puesta en escena demostrando que no se necesita ningún artificio si se tiene un gran repertorio. Los británicos tocaron veinte canciones en apenas hora y media de concierto a un ritmo vertiginoso y dejando claro que, aunque Suck It and See es un trabajo más maduro respecto a sus discos anteriores, los Arctic Monkeys conservan el ritmo, la furia y la energía de siempre.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

Texto publicado en Efe Eme.

Roger Waters deja el Palacio de los Deportes confortablemente atontado

Posted in Conciertos, The Wall with tags , , on 26/03/2011 by Héctor Sánchez

Cartel promocional de la gira

Imagina que guardaste tus juguetes en un baúl y treinta años después lo abres porque te apetece volver a jugar con ellos. Algo parecido debió de pensar Roger Waters el año pasado al desempolvar los ladrillos que dieron forma al muro más famoso de la historia del rock (con permiso de Phil Spector) y volver a construir uno de los espectáculos más hipnóticos y fascinantes desde el origen del universo.

Pero Waters ya no comparte sus juguetes con sus antiguos amigos de Pink Floyd, como cuando hace treinta años se arruinaron por el montaje de un número tan caro. Ahora, otra banda acompaña al bajista; en ella destacan Dave Kilminster y Snowy White (que ya participó en la gira original) a las guitarras y el hijo de Roger, Harry Waters, en los teclados. Sin embargo, para olvidar viejas rencillas, se espera que Dave Gilmour participe en «Comfortably Numb» durante las actuaciones de Londres.

Aunque Gilmour no participó anoche en la actuación del Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, el espectáculo fue insuperable. La puesta en escena sigue siendo tan impresionante como lo fue en su estreno y, aunque hayan pasado tres décadas desde su construcción, los temas tratados en The Wall siguen estando vigentes. Waters ha endurecido más si cabe su crítica antibelicista. Desde el primer ladrillo hasta el último, el bajista de Pink Floyd ataca los conflictos bélicos y critica a las religiones, la sociedad de consumo y el pensamiento único.

Asistir a la interpretación de The Wall es mucho más que asistir a un concierto de rock al uso, es un homenaje a todos aquellos que cayeron víctimas de las crueles guerras. El propio Waters pidió que le mandaran fotos de estos mártires para proyectarlas en los ladrillos mientras sonara «The Thin Ice»; el primero en aparecer fue el propio padre del bajista, muerto en la II Guerra Mundial. Además, en el descanso del espectáculo, el muro estuvo cubierto de fichas de caídos en conflictos.

Los niños piden al profesor que les deje solos. Foto: ESTEFANÍA RUEDA

Durante las más de dos horas de concierto, los ladrillos del muro sirvieron de pantalla para la proyección de mensajes y metáforas. Los aviones de «Goodbye Blue Sky», lanzaban indistintamente cruces, medias lunas, estrellas de David, símbolos del dólar y hoces y martillos tiñendo todo de rojo; unos ojos vigilaban al público varias veces a lo largo del espectáculo como si del Gran Hermano se tratara; y la división de la sociedad en cerdos, perros y ovejas del disco Animals quedó ilustrada en «Run Like Hell» (incluso soltaron al famoso cerdo hinchable). Una infinidad de mensajes para leer entre líneas y reflexionar.

Roger Waters no decepcionó. Aparte de la inevitable e impresionante construcción del muro y de las imágenes proyectadas en él, no faltaron los efectos pirotécnicos, los muñecos gigantescos del profesor, la madre y la esposa del protagonista, la habitación del hotel que sale del muro y las clásicas animaciones del genial Gerald Scarfe, acompañadas de algunas modificaciones más actuales.

Los momentos cumbre fueron «Another Brick in the Wall (part II)», con un grupo de niños desincronizados, la emotiva «Comfortably Numb» y su solo de guitarra a lo alto del muro, y la transformación de Waters en un líder fascista rodeado con toda la iconografía de los martillos caminantes. Aunque, probablemente, lo más desconcertante fue «Hey You», la primera canción después del intermedio: el imponente muro blanco, de setenta metros de largo y diez de alto, ya estaba completamente construido y toda la banda estaba refugiada detrás, un momento de confusión en el que la gente no supo dónde dirigir su mirada.

Waters disfruta ante su enorme muro. Foto: ESTEFANÍA RUEDA

Aunque en su juventud siempre pareció reacio al público, anoche Waters se mostró muy cercano a él. Tras la demolición de la inmensa construcción, agradeció la asistencia y se despidió dejando un montón de ladrillos desperdigados por el escenario y el suelo. Muchos muros han sido derribados, otros deberían derribarse y éste, afortunadamente, treinta años más tarde, ha vuelto a construirse.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…