Archivos para octubre, 2011

No es sólo rock & roll pero me gusta: Tintín

Posted in No es sólo rock & roll, Tintín with tags , , on 26/10/2011 by Héctor Sánchez

En los últimos días apenas he publicado textos nuevos en La Cara Oculta del Rock. La culpa tiene nombre y peinado propio: Tintín. Durante este tiempo he estado preparando un reportaje sobre las aventuras del intrépido reportero para la página web sobre cómics Zona Negativa, en la sección de mi amigo y compañero Diego Matos, V de Vigilantes. Ya sé que no es rock & roll, pero me gusta. Aquí os dejo el enlace por si a vosotros también os gusta viajar y vivir aventuras viñeta a viñeta:

Tintín: una vuelta al mundo de aventuras

El intrépido reportero en plena acción

En pocos días, recuperaré el ritmo habitual del blog.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

¿Qué tienen en común? The Beatles, Stanley Kubrick y El Señor de los Anillos

Posted in El Señor de los Anillos, En común, Stanley Kubrick, The Beatles with tags , , on 23/10/2011 by Héctor Sánchez

¿A quién se le pudo ocurrir esta idea? Durante los años 60 se habló de la posibilidad de llevar a la gran pantalla la obra de J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos (1954), con un curioso reparto. Antes de cruzar el paso de peatones de Abbey Road (1969), los Beatles serían los encargados de atravesar la Tierra Media hasta llegar al Monte del Destino. Paul McCartney interpretaría al protagonista de la historia, el hobbit Frodo Bolsón, portador del Anillo Único; Ringo Starr le acompañaría en la hazaña como su jardinero, Samsagaz Gamyi; George Harrison se encargaría de guiar a los hobbits en su aventura como el mago Gandalf; y John Lennon se convertiría en el ambiguo y acaparador Gollum, un papel que le venía como anillo al dedo.

Un posible cartel para la hipotética película

El encargado de dirigir semejante historia épica sería nada más y nada menos que el perfeccionista Stanley Kubrick.  Finalmente el proyecto no salió adelante. Bien porque a Tolkien no le gustó la idea o bien porque Kubrick pensó que la obra era demasiado inabarcable. Una lástima. Si Lennon y McCartney ya se las veían y se las deseaban para ponerse de acuerdo entre ellos, hubiera sido interesante ver cómo reaccionarían ante la megalómana personalidad de Stanley Kubrick. Aquella lucha de egos se habría convertido en una batalla de proporciones similares a la Batalla del Abismo de Helm.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

El Club de los 27: Brian Jones

Posted in Brian Jones, Club de los 27, The Rolling Stones with tags , , on 13/10/2011 by Héctor Sánchez

La madrugada del 3 de julio de 1969, los Rolling Stones estaban enfrascados en el estudio de grabación. No había pasado un mes desde que echaron de la banda a su miembro fundador, Brian Jones, hartos de sus constantes problemas con las drogas. Los Stones estaban grabando el tema «I Don’t Know Why» cuando una recibieron una inesperada noticia por teléfono: Brian había muerto.

Brian Jones juega con su compañero de jardín, Christopher Robin

¿Qué sucedió la noche del 2 al 3 de julio? Eso sigue siendo un misterio. La única certeza que se tiene es que el cuerpo de Brian Jones acabó en la piscina como el de William Holden en El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). ¿Fue un accidente? ¿Un suicidio? ¿Un asesinato?

Vamos por partes. Por entonces, Brian vivía en Cotchford Farm, la casa de campo que había comprado en Sussex y que antes pertenecía al escritor A. A. Milne, autor de Winnie the Pooh. A pesar de haber sido expulsado de su propio grupo, Jones era feliz. En su cabeza tenía proyectos con Jimi Hendrix, John Lennon o Creedence Clearwater Revival. Además, vivía con su nueva novia Anna Wohlin, una bailarina sueca.

Brian Jones decidió hacer reformas en su mansión y para ello contó con la inestimable ayuda del constructor Frank Thorogood y su camarilla de albañiles. El antiguo Rolling Stone acabó cansado de las bromas molestas que sufría por parte de los trabajadores y su falta de profesionalidad.  El día que se desplomó una viga de la cocina, Jones despidió a los obreros. No obstante, como aún tenía deudas con el constructor, Brian permitió que Thorogood y su novia, la enfermera Janet Lawson, se quedaran viviendo en la habitación de invitados de la casa.

La noche del 2 al 3 de julio de 1969, Jones, Thorogood y sus respectivas parejas se encontraban en la mansión. Según quién cuente su versión, por allí también estaban algunos de los trabajadores de la obra. Varios de los obreros comenzaron a vacilar al músico en el interior de la piscina; así lo recuerda un testigo anónimo: «Al principio yo no presté mucha atención, sólo vi que estaban empujando y hundiendo a Jones en el agua y un par de chicas dijeron: “¡Eh, dejadle en paz!” Pero aquello hizo que sólo le dieran más fuerte. Entonces, Brian intentó salir de la piscina, pero ellos no le dejaron… Le hundían y le sujetaban la cabeza bajo el agua y luego le dejaban salir dos segundos, el tosía y le volvían a hundir…». ¿Fueron los obreros los responsables de la muerte de Brian Jones? Keith Richards, en su autobiografía, tiene su propia visión de la relación entre Brian y los trabajadores: «Seguro que les tocó los cojones a los obreros quejándose por todo y dando por saco. Independientemente de si los obreros estaban por allí o no, había llegado a un punto en su vida en que ya nada tenía sentido».

La piscina donde acabó el cuerpo del músico

Sin embargo, Anna Wohlin tenía su propia versión. Esa noche, en la casa sólo se encontraban Jones, Wohlin, Thorogood y Lawson. Brian pretendía hacer las paces con Thorogood y bromeaba con él, pero el constructor se mostraba agresivo y exigía el dinero que Jones le debía. Después de unas copas de vino, el músico, su novia y el constructor decidieron darse un baño en la piscina. Janet Lawson rechazó el baño, se quedó en la casa y comentó que meterse en la piscina no era la mejor idea: «Él había estado bebiendo. Andaba un poco tambaleante. No se encontraban en condiciones de nadar. Lo noté muy claramente, y así se lo hice ver a ambos. Ellos no hicieron caso de mi advertencia». Entre las bromas de Brian, él y Thorogood forcejearon en la piscina.

Janet avisó a Anna diciendo que tenía una llamada telefónica, así que la bailarina abandonó la piscina dejando a los dos hombres solos. Unos quince minutos después, Thorogood entró en la casa temblando. Así lo recuerda Wohlin: «Hablaba por teléfono cuando oí gritar a Janet bajo la ventana del dormitorio: “¡Anna! ¡Anna! ¡Algo le ha pasado a Brian!”. Encontré a Frank en la cocina. Sus manos temblaban de tal manera que apenas podía encender el cigarrillo (…). Cuando salí fuera, no se veía a Brian por ninguna parte. Luego lo vi, tumbado en el fondo de la piscina».

El constructor sacó a Brian de la piscina y la enfermera intentó reanimarlo sin ningún resultado. Anna aseguró que aún tenía pulso cuando lo sacaron del agua. La ambulancia  y la policía llegaron y se llevaron el cuerpo de Brian Jones y su inhalador de asma que se encontraba al borde de la piscina. El informe del forense detalló «muerte accidental» y la causa fue la «inmersión en el agua bajo la influencia del alcohol y las drogas».

Los rumores comenzaron a extenderse y se barajaron otros motivos como el suicido y el asesinato. «Brian siempre hacía todo en el momento equivocado», declaró Keith Richards. «Su muerte todavía no se ha aclarado, aunque ésa es otra historia. No sé qué pudo pasar, pero hubo alto turbio. ¿Tuvo un ataque de asma en la piscina o le metieron la cabeza debajo del agua hasta que se ahogó? No me habría sorprendido: Brian tenía la habilidad de cabrear a la gente. Supongo que lo que mató a Brian fue que no supo combinar su trabajo como músico y la fama». Bill Wyman también achacó la muerte de Jones a su difícil carácter: «Fuese lo que fuese lo que ocurrió, se trató de un accidente desafortunado. No creo que hubiese nadie más implicado. No veo la razón. Había dejado la banda, no estaba interfiriendo en la vida de nadie. Era sólo un chico patético, acabado, que tenía un gran problema con las drogas, que tenía problemas psicológicos, que tenía problemas de salud. Realmente estaba muy mal».

Los medios se hacen eco del suceso

No obstante, los Rolling Stones acabaron aceptando que su muerte fue un accidente y no un asesinato, como recordó Charlie Watts: «Pienso que tomó una sobredosis. Que tomó un puñado de tranquilizantes, que es lo que acostumbraba hacer, y bebió, y creo que fue a nadar en un agua muy caliente (…). Sinceramente, no creo que fuera liquidado por interés, porque valía más vivo que muerto». O de forma más lacónica, así lo explicó Mick Jagger: «Brian se ahogó en su piscina. Lo demás es gente que quiere sacar dinero».

En lugar de cancelar el concierto gratuito que los Rolling Stones tenían pensado ofrecer en Hyde Park el 5 de julio, Sus Satánicas Majestades decidieron aprovecharlo como homenaje al desaparecido Jones. Y de paso, presentarían a la sociedad a su nuevo guitarrista, el virtuoso Mick Taylor. Durante el acto, Jagger leyó un fragmento de Adonais de Percy Shelley («Paz, ¡paz! No está muerto, no duerme / Ha despertado del sueño de la vida»). Para que el evento todavía fuera más emotivo, los Stones debían soltar unas 2.000 mariposas blancas que habían recibido del extranjero; sin embargo, al sacarlas de la caja, las mariposas se había asfixiado y el homenaje quedó reducido a un montón de insectos muertos desperdigados por el escenario.

Brian Jones fue enterrado el 10 de julio en Cheltenham, su pueblo natal. Su lápida lo decía todo: «No me juzguéis con demasiada severidad». Charlie y Bill asistieron al entierro; el resto de los Rolling Stones, no. Mick no estaba disponible ya que se encontraba en Australia con Marianne Faithfull preparándose para trabajar en la película Ned Kelly (Tony Richardson, 1970). Por su parte, para Keith y su novia Anita Pallenberg, la situación era bastante dolorosa. Al fin y al cabo, Richards le había birlado la novia a Brian y ambos siempre fueron los que más cerca estuvieron del fundador de los Stones.

Aquí descansa el fundador de los Rolling Stones

¿Y qué pasó con Anna Wohlin? Tampoco acudió al funeral. Después de la defunción de su pareja, Thorogood la amenazó de muerte si contaba a la policía lo que había sucedido en la piscina. Así que no le quedó más remedio que abandonar Inglaterra y esconderse en Suecia, hasta que en 1999 relató su versión del suceso. Por otra parte, dice la leyenda que el último implicado, Frank Thorogood, agonizando en su lecho de muerte en 1993, acabó confesando antes de su último suspiro: «Yo maté a Brian».

La vida de Brian Jones es digna de cualquier trama hollywoodiense de ascenso y caída. La historia de un chico que subió a lo más alto cuando fundó a los imbatibles Rolling Stones y que cayó encontrando la muerte en el fondo de una piscina. Así, el músico entró a formar parte del Club de los 27 y a su vez, fue la primera de las cuatro Jotas que dirían su adiós en el paso de los sesenta a la década de los setenta.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

Parecidos razonables: Alizée + Joe Satriani = Coldplay

Posted in Alizée, Coldplay, Joe Satriani, Parecidos razonables with tags , , , on 09/10/2011 by Héctor Sánchez

Alizée – J’en ai marre! (2003)

Joe Satriani – If I Could Fly (2004)

Coldplay – Viva la Vida (2008)

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

Kitty Daisy & Lewis: Nostalgia familiar

Posted in Conciertos, Efe Eme, Kitty Daisy & Lewis with tags , , , on 07/10/2011 by Héctor Sánchez

Después de sorprender con su álbum homónimo Kitty Daisy & Lewis (2008), plagado de versiones de temas clásicos, los hermanos Durham se animaron a componer sus propias canciones, y de ahí surgió su segundo disco Smoking in Heaven (2011). Ayer, la sala Joy Eslava sirvió de escenario para la presentación del nuevo trabajo de este trío adolescente que suena como si el tiempo se hubiera detenido hace seis décadas.

Los hermanos Durham se atreven con todos los instrumentos. Foto: ESTEFANÍA RUEDA

Compartir la habitación con un hermano puede resultar una experiencia tortuosa. Kitty, Daisy & Lewis son hermanos y, noche tras noche, comparten escenario e instrumentos.  Lo que podría ser una lucha por ver quién es el ojito derecho se convierte en un festival con sabor cincuentero repleto de buena música con aroma a rockabilly, country y blues.

Su espectáculo no es sólo un puñado de buenas canciones sino una coreografía en la que Kitty, Daisy & Lewis se van alternando la guitarra, la batería o el teclado. Todos tocan todo. Esa es la máxima de su actuación. Pero no están solos; papá y mamá flanquean a sus hijos adolescentes en el escenario: el señor Graeme Durham se encarga de la guitarra rítmica y la señora Ingrid baila con el contrabajo mientras lo toca descalza. Es como si la familia Durham nos invitara a un recital en el salón de su casa.

Con veinte minutos de retraso, los Durham salieron al escenario para abrir con el tema instrumental que da título a su segundo álbum, «Smoking in Heaven». Una dulce y distante Kitty a la armónica y un sereno Lewis a la guitarra contrastan con el carácter desbordante de Daisy, que parece perder los papeles mientras toca la batería y se mueve espasmódicamente, como si bailara a su propio ritmo. Pero no sólo lo hizo con la batería, sino que “aporreó” cualquier instrumento que cayera en sus manos.

Daisy, la mayor de los tres, fue la primera en coger el micrófono para cantar con «I’m Going Back». Después se lo cedió al mediano, Lewis, en «Don’t Make a Fool Out of Me» y el turno llegó para Kitty, la pequeña, con «Polly Put the Kettle On».

Después del maravilloso y pegadizo «Will I Ever», Kitty, Daisy & Lewis recibieron a un “invitado especial”. Ni sumando los años de los tres hermanos se podía alcanzar la edad del veterano trompetista “Tan Tan” Eddie Thornton. El vital trompetista, que parecía que saldría corriendo en cualquier momento, se sumó al escenario como si fuera otro miembro más de la familia y acompañó a los músicos en tres temas clave dentro del repertorio: la canción ska «Im So Sorry», la preciosa «(Baby) Hold Me Tight», en la que Daisy se encargó del xilófono, y «Tomorrow», con la que “Tan Tan” se despidió después de dar un respetuoso beso en la calva del padre.

«Messing with my life», una canción atípica con ritmo funky, y el clásico «Going Up the Contry», que hizo estallar al público, precedieron a Lewis, que volvió a ponerse al micro para deleitarnos como «I’m Coming Home» y «Say You’ll Be Mine». Si en ese momento cerramos los ojos, parece que lo que tenemos frente a nosotros es un experimentado y legendario bluesman más que un adolescente de barba incipiente.

Los chicos presentaron a sus padres y se fueron. Pero no tardarían en volver al escenario, esta vez con Daisy al acordeón, y Kitty y Lewis con sus respectivos banjos, para tocar un tema digno de una escena de persecución del oeste, «Hillbilly Music». Parecía que se despedirían con la instrumental «What Quid?», pero después de volver a abandonar el escenario, regresaron para concluir con «Mean Son Of a Gun». Y ahí terminó la fiesta con sabor retro después de una hora y veinte minutos de actuación. Como los buenos cafés, el concierto fue corto pero intenso.

Sus padres pueden sentirse orgullosos. Sus hijos tienen un talento desbordante,  respetan los turnos del micrófono y se ceden los instrumentos entre ellos como quien comparte sus juguetes, porque en el fondo todavía son unos niños. Eso sí, hay algo que no se comparte: la armónica de Kitty. Que nadie se la toque, sólo le pertenece a ella y por eso la guarda a buen recaudo en su estuche cada vez que no la utiliza.

Los chicos son ingleses y se nota que sus influencias son las mismas que las de los primeros grupos de la invasión británica, cuando éstos pretendían imitar a sus héroes americanos de blues y rhythm and blues. Salta a la vista que los Durham han crecido con esta cultura y se puede comprobar tanto en su música como en su forma de vestir. Acudir a un concierto de Kitty, Daisy & Lewis es como colarse en un agujero del tiempo y transportarse a otra época. Una época en la que la música sonaba al mismo tiempo que unas pequeñas motas de polvo dificultaban el paso de la aguja en los surcos de un disco de vinilo.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

Texto publicado en Efe Eme

El Club de los 27: Robert Johnson

Posted in Club de los 27, Robert Johnson with tags , on 04/10/2011 by Héctor Sánchez

Bienvenidos al Club de los 27, un club que sólo necesita un sencillo requisito para entrar: morir a los 27 años. Robert Johnson, el bluesman que vendió su alma al Diablo para tocar como nadie, tiene el honor de inaugurar este selecto club. Su pacto con Satanás le acabó pasando factura y le resultó caro. Los motivos de su desdichada muerte son confusos, aunque la causa estaba más relacionada con su profunda afición a la bebidas y a las mujeres que con el cobro demoniaco.

Uno de los primeros músicos que murió a los 27 años

Ni siquiera uno de sus compañeros musicales, Son House, lo tenía claro: «Nunca supimos cuál fue la causa real de su muerte. Primero oímos que había sido asesinado a puñaladas. Lo siguiente, que una mujer le había envenenado. Después, oímos otra cosa. Ahora no puedo recordar qué, pero eran tres cosas diferentes. Nunca logramos averiguar cuál fue la verdadera». Las causas son de lo más variadas: envenenado, tiroteado, apuñalado; así como las personas que pudieron hacerlo, que van desde un marido engañado hasta una amante celosa, pasando por el padre de alguna novia. También se habló de enfermedades como la neumonía o la sífilis. Incluso se dijo que fue por magia negra.

Los hechos más o menos certeros son los siguientes. Corría la noche del sábado 13 de agosto de 1938. Robert Johnson acudió al Three Forks Store, donde no sólo disfrutó de la presencia de Sonny Boy Williamson, sino que también se interesó por la esposa del dueño del local. En un descanso, Robert y Sonny Boy compartieron unos tragos. Entonces, alguien le ofreció a Johnson una botella de whisky abierta. Era un regalo que el bluesman no podía negarse a aceptar y que inmediatamente se acercó a los labios hasta que la mano de Sonny Boy se cruzó y la botella acabó en el suelo hecha pedazos. «Tío, nunca bebas de una botella abierta. No sabes lo que podría tener dentro», le regañó Williamson. A lo que Johnson respondió malhumorado: «Tío, nunca me quites una botella de whisky de la mano».

¿Será ésta la tumba de Robert Johnson?

Cuando llegó la segunda botella descorchada, Sonny Boy no dijo ni una palabra y dejó que su compañero diera un lingotazo. Robert Johnson subió al escenario dispuesto a seguir con su música, pero de repente tuvo que interrumpir su actuación y abandonar el local.

Tres días más tarde, el 16 de agosto de 1938, el Diablo se cobró su deuda. Robert Johnson falleció. Sus amigos no tenían dinero para pagar un médico, los médicos blancos no estaban dispuestos a atender a pacientes negros y los médicos negros se mostraban supersticiosos y temían al hombre que pactó con el Príncipe de las Tinieblas. Ningún médico hizo nada por salvar la vida del bluesman. Así recuerda Johnny Shines, uno de los amigos de Johnson, los últimos días del músico después del echar su último trago: «Escuché que su muerte estuvo relacionada con la magia negra. Antes de morir, Robert estaba gateando por el suelo a cuatro patas, aullando como un perro rabioso. Eso fue lo que el veneno  le hizo».

¿O será esta la tumba?

La hipótesis de la muerte por envenenamiento es la más aceptada, pero tampoco quedó del todo clara ya que ningún doctor firmó su certificado de defunción y Johnson fue enterrado sin pena ni gloria. Nadie reclamó sus restos. Nadie lloró cuando el Rey del Blues del Delta hizo su último viaje.

Si los motivos de su muerte fueron confusos, el lugar donde descansan sus restos no podía ser menos. Existen tres posibles tumbas diferentes  en Mississippi donde se encuentra el cuerpo del bluesman. Morgan City, Quito y Greenwood dicen ser las tres ciudades que acogen los restos mortales de Johnson.

¿Y si es ésta la tumba del "bluesman"?

Con Robert Johnson, el Diablo ganó un alma y la muerte no había hecho más que comenzar a buscar socios para que formaran parte del Club de los 27.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

¿Sabías que…? El nombre de Bob Dylan

Posted in Bob Dylan, Dylan Thomas, Sabías qué with tags , on 03/10/2011 by Héctor Sánchez

Bob Dylan no siempre fue Bob Dylan. El compositor y cantante nació como Robert Allen Zimmerman y al principio no le disgustaba el nombre de Robert Allen: «Sonaba como el nombre de un rey escocés y me gustaba. Reflejaba mi identidad». Pero cuando encontró un artículo en la revista Downbeat sobre un saxofonista llamado David Allyn, Robert Allen Zimmerman comenzó a cuestionarse si de verdad le gustaba su nombre: «Sospechaba que el músico había cambiado la ortografía de Allen por Allyn. (…) Resultaba más exótico, inescrutable. Yo haría lo mismo». Así que su primer paso fue convertir su apellido en Allyn: Robert Allyn.

Robert Allen Zimmerman poco después de estrenar nombre

Poco después, leyó unos poemas de Dylan Thomas y comprobó que la pronunciación de Allyn y Dylan se parecía, así que comenzó a darle vueltas a su apellido artístico: «No acaba de decidirme. La letra D tenía más fuerza. Sin embargo, el nombre Robert Dylan no era tan atractivo a la vista ni al oído como Robert Allyn». Todo el mundo estaba acostumbrado a llamarlo tanto Robert como Bobby, pero inmediatamente descartó llamarse Bobby Dylan por parecer «algo cursi» y porque el mundo de la música ya estaba plagado de otros Bobbies como Bobby Darin o Bobby Vee. Sin embargo, la primera vez que le preguntaron al músico su nombre en Saint Paul (Mineápolis), respondió de forma automática: «Bob Dylan».

Bob Dylan se sirvió de Dylan Thomas

Ya no había vuelta atrás y así se quedaría. No obstante, ni el propio Dylan se acostumbró al principio a su recién estrenado nombre: «Nunca antes me habían llamado así y me llevó un tiempo darme por aludido cuando lo hacían».

Existe otra posible fuente de inspiración para el nombre artístico que no es tan pretenciosa como el del autor de poesía galés. Fue la serie del oeste de televisión Gunsmoke (1955), protagonizada por el Sheriff Matt Dillon. Y es que antes de Dylan, Dillon también fue un apellido con bastantes posibilidades: «Si hubiera tenido que elegir entre Robert Dillon o Robert Allyn, me habría decantado por este último porque queda más vistoso en letra impresa». Aunque reconoció que Bob Allyn no habría funcionado por parecer «el nombre de un vendedor de coches usados». De todas maneras, el autor de «Like a Rolling Stone» también hacía sus propias cábalas sobre el origen del nombre de Dylan Thomas: «Sospecho que, en su momento, Dylan debió de llamarse Dillon y cambió unas letras por otras, pero no habría modo de saberlo con certeza».

¿Sirvió de inspiración el sheriff Matt Dillon?

Por supuesto que no tiene el mismo caché decir que tu nombre proviene de un reputado artista de la poesía que del héroe de una serie de vaqueros. ¿Pero tanta influencia tuvo Dylan Thomas en Bob Dylan? Mejor que lo cuente él mismo: «No he leído demasiado de Dylan Thomas. Lo de cambiarse el nombre es una cosa bastante común. (…) Muchas personas lo hacen. La gente se cambia de ciudad, se cambia de país. Cambian de apariencia y modales. Algunos tienen multitud de nombres y apellidos. Y no hubiera cogido un nombre si no hubiera creído que yo era esa persona. (…) Pero volviendo a Dylan Thomas, no es que me viniera la inspiración leyendo una de sus poesías y me dijera “¡Ajá!” y me cambiara el apellido por Dylan. Si yo creyera que es tan grande, hubiera cantado sus poemas, y por la misma razón me hubiera podido cambiar el nombre por Thomas».

En conclusión, esta es la importancia que el poeta del rock y del folk da a los nombres: « Los nombres son etiquetas que nos sirven para referirnos los unos a los otros. Pero allá, en lo profundo de cada uno de nosotros, nadie tiene nombre. No tenemos un nombre. Yo no hice más que escoger ese nombre y pegó».

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…